jueves, 20 de julio de 2017

‘Oligarquía financiera y poder político en España’ – I. Fainé (018)

Manuel Portero Ducet

Ximo más contento que unas pascuas con Isidre Fainé (Opus Dei puro), cultivando las puertas giratorias a mañana.

La Caixa, por su parte, ingresó 4.000 millones que le vinieron de perilla para ayudar a su recapitalización. Dos errores elementales que infringen el abe de un inversor: 1. Evitar la redundancia de cualquier producto financiero (muñeca rusa) que suele duplicar o triplicar las comisiones percibidas por la entidad promotora. 2. Prohibido endeudarse para invertir en Bolsa. La inversión bursátil debe nutrirse siempre del ahorro prescindible. Tal vez los incautos inversores de Criteria ignoraban estas dos reglas de oro, pero les puedo garantizar que mi estimado Nin las conocía de sobra; yo mismo me encargué de su catequesis. La entidad se beneficia, además, de un gratuito argumento comercial para apaciguar a los clientes cuando estos van a quejarse al director o empleado de oficina: «¡Qué me va usted a contar, si yo también estoy pillado!». En demasiadas ocasiones, los clientes y empleados de determinadas instituciones padecen un síndrome reverencial al considerarlas poco menos que sus guías espirituales. En esta Juan María Nin. Mi añorado compañero de pupitre oval. Isidre Fainé. Del ala más dura de la vieja escuela del Urquijo y devoto siervo de San Jose María. 

Se trataba de utilizar una clientela cautiva, traspasándole todo el riesgo de un entramado empresarial en vísperas de una depreciación bursátil anunciada. La entidad permanece indemne, manteniendo su objetivo prioritario, que no es otro que el control político de sus sociedades participadas. Para ser justo, debo exonerar de buena parte de culpa a Juan María, porque cuando llegó a la entidad parece que la suerte ya estaba echada. No creo, por otra parte, que hubiera podido oponerse a los diseños y decisiones de Fornesa y del supernumerario Fainé; este último debió recurrir a la escuela Urquijo —que lleva en su sangre— y que, por supuesto, también albergaba su lado oscuro. Pese a esta crítica, no abrigo la menor duda de que —dentro de los grandes—, La Caixa ocupa el primer puesto en el ranking de ética bancaria. Ahórrense imaginar cómo será el que ocupa el último. 

Lo importante en este tipo de guerras es no destacar de la media en usos y abusos; sin duda, la mejor receta para manifestarse indestructible por los siglos de los siglos y evitar que las puertas del infierno puedan prevalecer contra la entidad que se la aplique. Lo que pudo ser y no fue Juan Antonio Ruiz de Alda, fundador de BANIF y alma máter de su primera etapa, le imprimió el carácter que se mantuvo a lo largo de 30 años, hasta que en las postrimerías del siglo XX, desembarcó el Banco de Santander y decidió convertirla definitivamente en un cebo para inversores. Ruiz de Alda, graduado en Harvard, diseñó unos servicios financieros novedosos para la época, basados en la más exquisita profesionalidad. Cualquier emisión, antes de ser aceptada por cuenta de los clientes, pasaba por rigurosos filtros. 

Los irrepetibles analistas de BANIF, encabezados en un principio por Carlos De la Cruz y más tarde por Agustín Malo, trabajaron con total autonomía y sus recomendaciones jamás fueron mediatizadas por intereses corporativos. Cualquier emisión con una comisión de colocación remunerada en exceso disparaba de inmediato todas las alarmas y era sometida sistemáticamente a los controles analíticos más rigurosos. En general, las emisiones suscritas por cuenta de los clientes no trascendían el ámbito europeo, preferentemente en el entorno del grupo Europartners, que constituyó un precedente histórico en la colaboración interbancaria europea, entre destacadas entidades de Alemania, Francia, Italia y España.