sábado, 22 de julio de 2017

“La Saga de La Encomienda” – Clubes de Alterne en la Mancha

MLFA
Autor de ‘La Saga’


Al igual que ocurría en la “Zagala”, los clientes de La Encomienda que acudían a la “Grandalla” eran sujetos irrelevantes socialmente, advenedizos y aprovechados de toda índole, incluidos alcohólicos, que acudían en sus motos, bicicletas o algún coche medio desvencijado, en el hostal eran aceptados, siempre que no molestaran a los viajeros; en el local de Tomasillo eran rechazados con amabilidad, aunque el bueno de Tomás no podía evitar que de noche, siempre después del último turno de cenas, aparecieran por allí un grupo de sinvergüenzas, amigos se decían del hijo, que les invitaba a café y licores de las mejores marcas, además de platos de queso y jamón, a modo de recena de aquella chusma. Esta gente andaba embolicada en un proyecto de Club de Alterne, Juan, ávido de amistades del pueblo, no solo les invitaba en el restaurante de sus padres, sino que cogiendo dinero de la caja del restaurante, se marchaba con ellos de juerga por los puticlús más cercanos, distantes de 10 a 20 kilómetros los pioneros de aquella actividad.

En los años ‘80’ había muchos clubes de carretera y si tenías ganas y dinero no te quedabas sin fornicar, aunque ibas un poco a la aventura, no sabías que te encontrarías en el local, mejor acondicionado en su interior de lo que el caserón dejaba entrever, con aquellas luces siniestras y cables que iban desde el poste de la luz al interior del local; en aquellos años los clubes de la carretera no se anunciaban en los medios de comunicación, ibas a la aventura, pero solían estar señalizados y pegados a la carretera, normalmente funcionaba el boca a boca, si algún amigo había disfrutado de la experiencia pasaba el parte a los compañeros; muchos puteros eran partidarios de encontrar algo bueno fuera de su zona habitual, para evitar encontrarse con vecinos o conocidos del pueblo.

En esos años había mucha mujer española, y alguna que era de nacionalidad sudamericana, principalmente brasileñas o colombianas. Los ‘80’ fueron años sin condón, a finales, en pleno apogeo del SIDA, la situación cambió y se pasó al todo con condón, por parte de los clientes españoles, más adelante, cuando nuestro país se llenó de inmigrantes, volvió el desmadre y el contagio de enfermedades de transmisión sexual aumentó de forma exponencial, incluido el SIDA, que envió a muchas de estas pobres desgraciadas a centros de acogida, en condición de enfermas terminales. En cualquier caso, la idea de contraer una enfermedad venérea era contemplada por muchos como un mal inevitable al mantener relaciones sin protección con mujeres de mala vida, que así se decía, como si la de los clientes fuera buena.

En los años ochenta, como hemos dicho, casi todas las mancebas eran españolas, al igual que el resto de la población, que todavía no era multicultural, sería ya metidos en los años noventa cuando contratarían (es un eufemismo) mujeres de la Europa del Este, Rusia, Polonia y de la extinta Yugoslavia, y más tarde se incorporarían a los clubes de carretera algunas procedentes de Rumanía y Bulgaria.

Los puticlús eran íntimos, dotados de luces tenues y las chicas iban en ropa interior, algunas con lencería fina y el sistema establecido de forma implícita consistía en invitarlas a unas copas para meterles mano e incluso algo más en el reservado. Las habitaciones solían ser pequeñas y cutres, aunque algunos disponían de habitación especialmente decorada y más limpia para clientes VIP. 

Existía la posibilidad, previo pago de un estipendio extra al propio club, de llevarse la chica elegida fuera del local, bien al coche del cliente o a un hotel en condiciones, de los muchos que había en la carretera, parecidos a la “Zagala”, que era receptor, al igual que “Zagala II” de esos amores carnales. 

A fin de cuentas la ropa de cama se lavaba siempre con lejía por orden expresa de la esposa de Demetrio. Más adelante comprobaremos como aconteció la tragedia, en una saca de una de aquellas muchachas, en la que se vio implicado Juan, el hijo de Tomasillo, si bien de manera indirecta.

En los ‘80’ no se contrataba por tiempo, sino por servicio. Podías contratar sólo un francés (fellatio), o un completo, que incluía caricias o masaje, francés y el coito final; no incluía besos, ya que la mayoría de mancebas nunca besaban en la boca. En el momento del orgasmo se acabó el servicio. Un completo venía a durar media hora, ya que la pobre desgraciada hacía lo posible para que lo alcanzaras (el orgasmo) lo antes posible.

Como curiosidad, en aquellos años no se depilaban el pubis; años después todas lo hacían, y antes de que el SIDA aterrorizara a la población, era normal que ella te preguntara si lo querías hacer con preservativo o bien a pelo; con posterioridad a 1983, fecha de aparición pública del síndrome, el condón se hizo obligatorio, bien es cierto que la norma no se llevaba a rajatabla, para no perder a determinados clientes. El precio normal de un ‘completo’ eran 10.000 pesetas, si incluía griego, que lo hacían muy pocas chicas, el precio era 15.000 pesetas. Aquellas que pretendían ser de más nivel cobraban 15.000 pesetas sin hacer griego. Los equivalentes a los fast-fuck actuales cobraban 5.000 o 6.000 pesetas por el completo. El precio normal de solo masaje con final feliz, o solo francés era 5.000 o 6.000 pesetas.

Resulta evidente que eran precios muy altos para los años ‘80’, porque son prácticamente los mismos precios que en la actualidad; ello se debía a que en aquella época había muy pocas prostitutas, casi todas españolas, ahora hay bastantes más, la mayoría extranjeras. Debemos reseñar que algunas de las mujeres, normalmente jóvenes, que plantaban sus reales en clubes de carretera lo hacían para costearse las drogas a las que estaban enganchadas.

La banda de canallas que merodeaba alrededor de la “Grandalla” se mostraba complaciente y amistosa con Juan quien, además de invitarles continuamente; este muchacho, de naturaleza noble, era desprendido, diría pródigo, debido a su baja autoestima y al deseo de pertenecer a un grupo social del pueblo, en el que fuera reconocido, además de que podía ayudarles, siquiera informarles, acerca de locales a pie de carretera, donde instalar un club de alterne, que era su intención. Juan terminaría arruinando a su familia, que se limitaba en su infinita bondad a tomar dinero suficiente de la caja registradora para así poder pagar a los proveedores, antes, claro está, de que el hijo la desvalijara de un plumazo casi a diario. Ocasión hubo en que desde la juerga nocturna correspondiente en los clubes de alrededor, se llegaban a Madrid, donde tomaban un vuelo para Canarias, con regreso a las pocas horas, liquidado todo el efectivo.

Este gang estaba constituido por dos o tres empresarios de poca monta y algún dirigente del partido socialista que llegó a ocupar cargos políticos de cierto relieve. En poco tiempo, de sobra conocidos por los dueños de locales próximos, consiguieron un cuchitril infecto y un par de chicas drogadictas, situado a 15 kilómetros de La Encomienda, en una pedanía agrícola, y lo más importante, situado a pie de carretera. Estos clubes se abastecían en gran medida de muchachas enganchadas a las drogas, muy principalmente a la mortífera heroína o caballo, y provenían de cualquier estrato social; ya fueran hijas de latifundistas, funcionarios de cierto nivel, o bien procedían de familias desestructuradas, a menudo por culpa de un padre jugador o alcohólico, ya que ambas taras eran frecuentes en esta tierra, que permanecía en el atraso, mientras el resto del país intentaba sumarse como fuera al tren del desarrollo económico y del progreso social que se atisbaba ante el cambio que ofrecía el partido socialista, a punto de ganar el poder a través de las elecciones, ya cercanas en el tiempo.

La desgracia, para estos pájaros de cuenta, apareció una tarde de otoño en forma de joven muy agraciada físicamente, adicta al caballo, depauperada y hambrienta; había escapado de su casa en Almadén y era hija de un militar de alto rango, algo que se encargó muy mucho de ocultar a aquellos facinerosos que le habían ofrecido trabajo. La bella joven presentaba signos muy claros de bipolaridad, ello provocaba cambios de carácter, subidas y bajadas repentinas de ánimo que desconcertaban a aquellos pueblerinos, ávidos de poseerla, aunque dejaban que la pobre muchacha les tomara confianza.

Un buen día se produjo la temida saca, con la excusa falaz de que le enseñarían un elegante local donde conseguirían heroína de calidad a muy buen precio; eran tres los gañanes y ansiosos tomaron dirección hacia una casilla de campo abandonada y desportillada hacía años lo que provocó un estado de ansiedad en la pobre muchacha, recelosa del camino que habían tomado con aquel coche que no paraba de dar saltos y rozar las lindes llenas de barro de las recientes lluvias. Se divisaba la casilla, justo en el momento en que descargaba con fuerza una de aquellas nubes y el espectáculo era dantesco; también ellos demostraban estar nerviosos, aunque lo disimulaban con cierto aplomo, excitados por el deseo, que aumentaba por minutos debido al alcohol y droga que habían ingerido en su propio local, que había quedado al cargo de una de las muchachas y que resultó ser pieza clave en la posterior investigación judicial.

Dentro de la casilla y a resguardo del vendaval de lluvia, sacaron unas botellas y algo de frutos secos, que llevaban en el coche y comenzaron un baile de extravagancia en el que dos fulanos hacían pareja mientras un tercero lo intentaba con la chica, que se manifestaba remisa. Hacían cambios y se mostraban solícitos con la joven, radiante de hermosura aún a pesar del estrago que producía la heroína en su cuerpo, tan visible como su belleza. En pocos minutos se desató el pandemónium en aquella habitación destartalada al intentar obligar a la muchacha en una especie de catre cubierto con una lona de plástico que parecía de alguna camioneta o similar; al negarse comenzó la paliza, primero con bofetadas de menosprecio, entre discusiones sobre qué hacer, entre ellos, el siguiente paso fueron los puñetazos violentos, entre intentos de forzar a la hembra tierna y llorosa, con su humilde indumentaria hecha jirones, en medio de un olor fuerte a alcohol, orines y la sutil percepción de la testosterona de aquellos cerdos.

Se impuso la cordura, ante la locura generalizada, de uno de ellos, que entrevió las gravísimas consecuencias del secuestro y apalizamiento y abandonaron a la muchacha a su suerte; en la esperanza fútil de que nadie daría crédito a aquella pobre desgraciada; y así habría sido de no ser por el celo del padre de la muchacha, que acudió a solicitar ayuda de compañeros de la Benemérita ya que su estado de angustia le impedía actuar con mente fría.

La muchacha fue hallada al amanecer por un agricultor que acudía al arado de su campo de cebada, estaba herida de gravedad junto a una linde de piedra gruesa, era una especie de muro y la chica sufría ya de hipotermia; el hombre asustado, la subió al tractor como pudo y dio vuelta camino del cuartel de la Guardia Civil, sin atreverse a acudir al hospital y ser denunciado por el personal de guardia. Desde el cuartel se solicitó una ambulancia después de envolver en gruesas mantas de campaña a la pobre mujer apalizada, agradeciendo al buen samaritano su gesto y tomando su filiación con amabilidad extrema; de vuelta a lo suyo fue acompañado por dos agentes veteranos en un Land Rover del cuerpo, llegados al lugar donde estaba el muro se despidieron. 

El murete estaba próximo a la casilla, allí comenzó, ya de día, aunque oscuro y grisáceo por las nubes, la investigación, más exhaustiva si cabe cuando al mediodía se presentaron compañeros del Cuerpo de Almadén. En aquella ciudad, el Comandante del Puesto había prohibido, en amigables componendas, al padre desolado que interviniera en el caso, fueron dos guardias civiles quienes le trasladaron al hospital de Valdepeñas, junto con su hijo mayor, estudiante de enfermería.

La muchacha presentaba un aspecto deplorable, había perdido un ojo, el izquierdo, y atendían a la hipotermia para evitar gangrenas en alguno de sus miembros tumefactos, uno de sus pies presentaba herida abierta infectada. La investigación en curso comenzó a dar resultados esa misma tarde, al presentarse en el cuartel una de aquellas desgraciadas, se trataba de la que se había quedado al cargo del ‘puticlub’ la noche de autos. 

Esa misma noche fueron detenidos dos de los rufianes metidos a empresarios en el submundo de la trata de blancas. El otro, aquel que impidió que la muchacha fuera violada salvajemente, había puesto tierra por medio y fue detenido dos días después en Linares (Jaén) en casa de unos familiares, donde se había refugiado.