domingo, 16 de julio de 2017

‘Oligarquía financiera y poder político en España’ - C. Boada (016)

Manuel Puerto Ducet


Bankunión y Banco Urquijo fueron fusionados por decreto, pasando a denominarse Urquijo-Unión y a renglón seguido absorbidos por el Banco Hispano Americano. Paralelamente, su división de capitales y su Gestora de Fondos pasaron a depender de BANIF. Por aquel entonces, Ramón Trias ya había abandonado la entidad y estaba dedicado en cuerpo y alma a la política. Hubiera sido violento que, junto a su mítico Departamento de Estudios, el maestro Trias hubiera pasado a depender de mi regional, en la que no me hubieran permitido darle cancha, debido al severo enroque corporativo que conlleva toda absorción bancaria, en la que el pez grande se come siempre al chico por muy eminente que este sea. 

En plena crisis de los ochenta y tras una drástica reducción de su capital, las entidades financieras afectadas pasaban a depender del Fondo de Garantía de Depósitos, quien, tras su saneamiento, procedía a vender sus acciones a un banco o a un grupo de bancos —la mayor parte de ocasiones, al simbólico precio de una peseta por acción—. En los casos de Bankunión y de Banco Urquijo, estaba previsto que fueran adquiridos por un pool formado por los grandes del sector pero, inesperadamente, el Banco de España forzó al Hispano Americano a adquirir ambas entidades con tan solo una reducción del 50% sobre su valor nominal en el primer caso y de un 25% en el segundo. 

Tan peregrina e irresponsable imposición contribuyó a lastrar todavía más las cuentas de una entidad que ya empezaba a mostrar los efectos de la nefasta gestión de sus rectores Alejandro Albert y Jaime Soto López-Dóriga, que habían logrado maquillar momentáneamente la situación con trapicheos y alianzas foráneas, forzando un inestable equilibrio que se derrumbó en 1985 cuando el accionista Commerzbank dijo basta y se vieron forzados a dimitir, dejando paso a mi paisano, el bombero Claudio Boada. Pocos conocen que, con el dinero amasado por la venta de antibióticos —y antes de su definitivo asalto a Banesto—, Mario Conde intentó la compra de Banco Urquijo-Unión, tras ser saneado por Claudio Boada. 

El viejo «sanador», al dictado de su instinto de perro viejo, decidió rechazar la oferta de Conde y vendérselo a los March, a pesar de que el engominado nuevo rico fuera el mejor postor. El mismo Claudio concedió a los mallorquines el correspondiente crédito blando, facilitándoles así la compra de un banco que había sido el orgullo de un infausto y malogrado marqués. ¿Pretendía Boada —por algún oculto motivo— favorecer a los March o simplemente no se fiaba de Conde? Claudio Boada Villalonga. 

Listo como una ardilla y permanentemente obligado a elegir entre el pragmatismo y las servidumbres éticas. Se vio obligado en más de una ocasión a pegar un puñetazo sobre la mesa y, por ello, algunos le llamaron «el Claudillo». Es, sin embargo, un mérito añadido para cualquier catalán el hacerse respetar en la corte madrileña. Sea como fuere, ahí terminó definitivamente la mítica División de Capitales y el Servicio de Estudios de Banco Urquijo. Su capital humano forjado durante años se dispersó por distintas entidades que se aprovecharon de las sinergias de aquella gran escuela. Ahí están algunos de sus eminentes y heterodoxos alumnos, ocupando entre otras las presidencias de Telefónica y La Caixa.