domingo, 2 de julio de 2017

'La Saga de La Encomienda' el maquis ejecuta a sicarios franquistas

MLFA
Autor de 'La Saga'

"Monumento al Maquis" en Santa Cruz de Moya (Cuenca), de Javier Florén Bueno.

Es en estos años, fin de la década de los 40, cuando comienza a perder habitantes Villanueva, que había llegado a ser capital del Campo de Montiel, debido a la emigración sin retorno, y al abandono de la agricultura y ganadería; en tiempos constituyó un foco cultural y espiritual por la presencia de Quevedo, Cervantes y Lope de Vega. La Gota de leche estaba situada en las proximidades del famoso convento de Santo Domingo, en una de cuyas celdas falleció nuestro insigne Francisco de Quevedo y Villegas. Tomasillo siempre convencía al tosco y rudo arriero y visitaba el convento, donde dejaba algún dulce que sisaba a las monjas que continuaban sin permitirle ver a su querida y desconocida hermana, como había ocurrido con Demetrio tiempo atrás. Todavía faltaban seis años para que recuperaran a su hermana Edelmira.

Los presentimientos de Quiteria se hicieron realidad; Quintanilla recibió a sus vecinos exiliados en cárceles lejanas, muchos de ellos enfermos y todos raquíticos, prueba del trato inhumano y vejatorio que recibieron en prisiones y campos de trabajo forzado entre 1939 y 1946, durante la primera etapa de la dictadura franquista. Algunos vecinos venían de Navarra, otros lo hacían desde Andalucía. Los campos de trabajo del franquismo fueron el preludio de los campos de concentración nazis y, aunque en menor medida, también los campos españoles podían ser considerados campos de exterminio, ya que a los presos que consideraban irrecuperables los ejecutaban al poco tiempo de llegar al campo.

Se producía una real explotación laboral de los republicanos presos; hemos de anticipar que la explotación laboral sería una constante en la vida de Demetrio Expósito, actuante en modo paternalista, como se vanagloriaba el general Franco en sus discursos referidos a los campos de trabajo, criticados en toda Europa. Demetrio y toda su saga familiar se caracterizó por la explotación laboral, ejercida durante décadas, hasta nuestros días.

Aquellos que se consideraron recuperables trabajaron como esclavos reales, así se les llamó, en condiciones inhumanas; se trataba de ex combatientes, disidentes, y homosexuales, como vigilantes se nombraba a presos comunes que se caracterizaban por ser especialmente violentos y crueles. Se dedicaban a trabajos forzados de reconstrucciones, a las duras minas de sal y de mercurio, a la construcción de carreteras, presas y canales. Por centenares volvían a sus pueblos ciudadanos castellano-manchegos desprovistos de dignidad y con secuelas físicas y psicológicas que arrastrarían de por vida. En el recuerdo de muchos vecinos aquellas muertes del amanecer, de vecinos propios o foráneos. Pero la situación iba a cambiar, como supo anticipar Quiteria a su hijo mayor.

Corría 1948, se acercaba San Antón y en las casillas del campo se cuidaba de los animales; un vecino de Justino; éste se había hecho con una de aquellas casillas extorsionando a su propietario, con antecedentes republicanos en la familia; extrañado de que permaneciera cerrada a cal y canto en aquellos días previos al santo, dio aviso al alguacil; que, acompañado del vecino, llamó con insistencia, toda vez que en su piso del pueblo no estaba y nadie daba razón, y se decidió por forzar la puerta, tras mandar recado a la Guardia Civil. 

En la penumbra, en medio de un gran charco de sangre, yacía aquel deshecho de hombre, presentaba, a simple vista, dos disparos de escopeta, que le habían destrozado la cabeza y el hombro izquierdo. Debieron dispararle dos veces para evitar que alguien pensara que se había quitado la vida él mismo. Horrorizados por la carnicería que habían provocado los cartuchos de postas, salieron de la vivienda al tiempo que llegaban los dos guardias civiles a caballo, y el vecino arrojaba el almuerzo detrás, entre los pajitos. La sorpresa llegó cuando el Secretario del Juzgado, en ausencia de su Señoría, y ya en presencia del médico, ordenó levantar el cadáver y en una última inspección ocular, descubren que el miembro viril, que había sido seccionado, aparecía enredado en la pernera derecha del pantalón.

El Comandante de Puesto de la Benemérita pide refuerzos a Toledo y se dispone a situar el pueblo en cuarentena, una especie de ley marcial a su modo y estilo, sabedor de que han sido maquis los autores de tan execrable crimen, y pueden estar escondidos en el pueblo; no atiende a las razones del médico que asegura que el crimen se produjo el día anterior, el galeno insiste en que aquel desgraciado lleva muerto veinticuatro horas por lo menos. También desconoce el cabo que faltan las dos pistolas Astra de don Anselmo, que seguían en poder de Justino. A la noche las órdenes son de rebajar la tensión que afecta a los vecinos, provienen del mismísimo Gobernador Civil, amigo y compañero de Universidad de don Anselmo, que le convence de la conveniencia de echar tierra encima a la tragedia acontecida y proceder a enterrar al fallecido en la intimidad, sin necesidad de funeral; le sugiere un simple responso en la capilla del cementerio del pueblo.

Demetrio permanece acorralado, intuye que van a por él y manda recado a su madre, quien, solícita, acude a consolar a su hijo querido, convencida de que se impone una marcha discreta del pueblo, sin que cunda la mínima sospecha entre la familia de su nuera, como tal siente ella a Rita, a pesar de las circunstancias propias de la bastardía. Demetrio está de acuerdo en que deben abandonar Quintanilla, pero es consciente de las dificultades que conllevará su marcha en el seno de la familia de Rita, por lo que propone a su madre dejar pasar un tiempo que sirva para intentar convencer a sus suegros de su voluntad de emanciparse y marchar en busca de nuevos horizontes, necesita convencer a Tomasillo de que, juntos, harán fortuna en otro lugar, allá donde su condición de bastardos no tenga que ser reconocida en los primeros tiempos.