martes, 15 de agosto de 2017

'Oligarquía financiera y poder político en España' - Milans - (034)

Manuel Puerto Ducet


Joaquín Milans del Bosch i Garrió; abuelo del teniente general golpista y patriarca del linaje de militares de mayor lealtad monárquica. Defensor a ultranza de la restauración borbónica, recibió la Cruz roja al Mérito Militar de manos de Alfonso XIII. Al teniente general le producía arcadas cualquier referencia a la tan cacareada resistencia del monarca y de su secretario Sabino, asediados por conspiradores y defendiendo la democracia hasta el último aliento. Se refería a menudo a la participación de los servicios secretos norteamericanos, que, agazapados en la trastienda, no habían dejado de tener protagonismo desde el atentado a Carrero Blanco. José me hizo partícipe de la experiencia sufrida en anterior visita, acompañando a un familiar del teniente general, que le preguntó sobre la opinión que le merecía el rey. Sin mediar palabra, Milans del Bosch le agarró por el cuello y apretando con fuerza masculló: «Si fueras el Borbón, por el cielo te juro que no te iba a soltar». 

En 1981 continuaba en vigor la llamada operación Diana, que preveía las actuaciones necesarias en el caso de que se produjera en España un vacío de poder. El teniente general Milans del Bosch, animado por Armada, actuó formalmente de acuerdo con esta operación de emergencia, de la que misteriosamente fueron destruidos todos sus vestigios. Pese a las coartadas oficiosas y oficiales, es una obviedad que la gran tardanza del monarca en comparecer ante los medios de comunicación abre muchos interrogantes ante cualquier observador objetivo. Sorprende, que el militar de mayor prestigio dentro del ejército, curtido en mil batallas —y tras liarla parda en Valencia—, no dude en obedecer las órdenes del rey, cuando este le ordena retirar los tanques. Teniente General Jaime Milans del Bosch. Un militar con gran sentido del honor, de ideas reaccionarias y fiel a sus compromisos. Se le paró su reloj de bolsillo y pagó ingenuamente las consecuencias.

Por otra parte, unos mandos del ejército que debieron de estudiar táctica militar en la academia de Gila, pues sin contar teóricamente con el amparo real ocupan todo lo ocupable, excepto el palacio de la Zarzuela. No soy ningún estratega militar, pero si algún día se me ocurriera dar un golpe de Estado —y no contara con la explícita bendición real — no me pasaría por alto el mandar un destacamento a rendir una visita al monarca, aunque solo fuera por si acaso. Armada y Milans del Bosch sirvieron juntos en la División Azul y, por lo que parece, ya en aquella campaña se produjeron determinados comportamientos que aconsejaron a Milans del Bosch rebajar su confianza en Armada. Sorprende por tanto, que el teniente general se embarcara el 23-F en una aventura de tal envergadura, fiando exclusivamente en las consignas de Armada, cuando se tuteaba con el monarca y tenía la posibilidad de contrastar con él cualquier información. 

Loar las virtudes de un militar de honor como Milans del Bosch no es incompatible con reconocer su condición de franquista irreductible, partidario del puñetazo sobre la mesa y de pasarse por el arco de triunfo todas las «zarandajas democráticas». A quien en realidad le corresponde el mérito de haber hecho fracasar el golpe militar en el ámbito doméstico es al teniente general Gutiérrez Mellado, por su mostrada habilidad para anticiparse a la jugada. Sin restar mérito a su valeroso comportamiento en el Congreso, lo que puso verdaderamente en valor su actuación fue haber ascendido en 1977 a Milans del Bosch al cargo de teniente general, propiciando así su nombramiento como Capitán General de la III Región Militar con sede en Valencia. Obviamente, su principal objetivo era apartarlo del mando de la Acorazada Brunete. De haber estado el teniente general al frente de esta división el 23 de febrero de 1981, es muy posible que la historia se hubiera escrito de otra manera. 

En último término, lo verdaderamente relevante de todo aquello fue que Giscard D’Estaing y Willy Brandt no estaban dispuestos a permitir de ninguna forma en Europa la reedición de viejos autos sacramentales y contrarreformas con sabor tridentino. Los dos mandatarios europeos fueron quienes, en último término, le hicieron ver al sucesor de Franco que aquella aventura no tenía ningún futuro. En la actualidad, cada vez se hace más complicado enmascarar hechos históricos y de repente se hace la luz al desclasificarse un informe del ministerio germano de Exteriores, sobre las conversaciones mantenidas por el monarca con el entonces embajador alemán Lothar Lahn: «Los cabecillas solo pretendían lo que todos deseábamos, que no era otra cosa que la restauración de la disciplina, el orden, la seguridad y la tranquilidad. 

La responsabilidad del golpe no debe recaer sobre los cabecillas, sino sobre Adolfo Suárez que despreció a los militares. Habrá que influir en el Gobierno y en los tribunales, para evitar un castigo demasiado severo a los golpistas, que sólo pretendían lo mejor». ¡Fantástico! Y como España es un Estado de Derecho, tito Jaime fue condenado a treinta años de los cuales cumplió ocho y yo me fumo un puro, mientras interpreto el Cara al sol en versión rap.