viernes, 28 de abril de 2017

La Saga de La Encomienda (155)

MLFA
(RPI – Prohibida su reproducción)

Puerta de Toledo de Ciudad Real

La construcción jalaba de la economía y lo hacía sin tener en cuenta el urbanismo exigible, en algunos casos con deficientes redes de saneamiento y distribución de aguas, al no existir control municipal, ocupados como estaban los regidores en la firma de licencias y el cobro de comisiones ilegales que corrompieron a funcionarios y empresarios, además de a ellos mismos. La gran corrupción comenzó en los ayuntamientos, gobernados por el PSOE en Andalucía, Castilla La Mancha y Extremadura; y por el PP en gran parte del resto de España; siendo reina de la misma la Cataluña de los Pujol y su partido corsario, nombrado CIU, y fruto de la fusión entre la nueva burguesía catalana y aquellos meapilas, no menos corruptos, de ‘Unió’, quienes serían, más adelante, arrojados al alcantarillado de la historia de infamia de la Cataluña vejada para siempre por elementos como Pujol y Durán i Lleida, acompañados de Mas y toda aquella patulea de corifeos, que se acercaban por los madriles con sus incómodos cuellos de camisa, al asalto de las suites de los mejores hoteles de la capital del Reino, de las que se hicieron dueños por usucapión, a lo largo de tres décadas. La escopeta nacional se había convertido en un rifle de asalto en 1982, presto a ser utilizado, como se pudo comprobar en años posteriores.

El espejismo del trabajo seguro y el dinero fácil, en los sectores de la construcción, hostelería, automoción, telefonía, y todo tipo de negocios instalados como complemento de los mismos, dotaron de vehículos y recursos a toda una pléyade de jóvenes sin atisbo de formación, mucho menos de cultura, que cayeron en brazos de la droga, con consecuencias fáciles de contrastar; otros jóvenes, éstos pertenecientes a la etnia gitana en riesgo de exclusión, asumieron el rol de camellos, que, después de cuatro o cinco años de entradas y salidas de calabozos y juzgados, darían con sus huesos en prisión para largas estadías; algo con lo que ellos no habían contado en sus correrías y sufrirían la quiebra de sus vidas para siempre. Y el país entero se endeudó.

La autovía de Andalucía se convirtió en el eje neurálgico por donde transitaba la droga camino del resto de comunidades y países europeos; al mismo tiempo que frente de batalla de bandas de gitanos fornidos, bien armados y peligrosos en extremo, que salían de cacería varios días a la semana en los cotos entre Madrid y Jaén, dando palos sangrientos en gasolineras, clubes de alterne y en bares y restaurantes temerarios que abrían de noche, ávidos de mejorar la caja diurna con aquel aluvión de viajeros que se desplazaban hacía Andalucía, donde florecían como setas en otoño segundas residencias, adquiridas, durante el boom inmobiliario, por los miembros de clase media, incluso media-baja, de Madrid, Castilla y León pero, sobre todo, por vascos hacendosos que detestaban la humedad de sus ciudades norteñas. 

Se generó alarma social como no se había conocido nunca en la planicie manchega, de siempre encrucijada de caminos, desde los remotos años del bandolerismo; la respuesta llegó de la Guardia Civil y sus cuerpos especiales, los famosos lobos, ya conocidos de nuestros lectores. La delincuencia se llevó por delante a cientos de jóvenes, la gran mayoría de etnia gitana, para sufrimiento de sus mayores, que consideraron irreparable el daño sufrido, por haber consentido aquella mala vida de los suyos, el oropel gitano duraría una década, sin contar la siguiente, ya que la pasarían de viaje entre prisiones, especialmente conocidas por ellos las de Córdoba, Jaén y la Mancha, sin collares ni relojes de oro que les eran requisados, mucho menos bugas potentes y tuneados, que habían sido la admiración de vecinos y parientes. 

Años después ocurrió aquello que tan a menudo se cita, lo del mundo al revés, algunos de aquellos leguleyos que no habían podido impedir la entrada en prisión de sus clientes: muchos camellos y otros crueles atracadores, les sustituirían como camellos de traje y corbata, a la llegada de la crisis que asomaba el testuz.

Los gobernantes del PP habían decidido que España asumiera, de una vez por todas, su cuota parte de bolsas de exclusión social, al igual que el resto de países europeos, hacinando en barrios – guetos - a aquellos irrecuperables, a los que se dotaría de magras ayudas para hacer frente al pago de reducidos alquileres; en aquella lotería, a Castilla La Mancha le tocarían gran parte de los números, al ser de propio áreas deprimidas, en las que no se vislumbraba futuro en décadas. 

El grupo “Zagala” continuaba en caída libre, a pesar de la bonanza económica reinante en el resto del país, incluida Castilla La Mancha; sus establecimientos habían pasado a convertirse en marginales, ruinas expuestas al sol manchego, y sus empleados se buscaban la vida, hartos de la tozudez, rayana en el desprecio, de los dueños, en no cumplir con pagos salariales, y de sus mentiras y trápalas continuas. Uno de aquellos, tunecino, muy peligroso, procedía de Cataluña, de donde había sido expulsado por varios delitos de poca monta, una vez descubierta su radicalidad religiosa. Bebedor y mujeriego, no respetaba el ramadán.