lunes, 5 de agosto de 2019

La Saga de La Encomienda por Martín L Fernández Armesto 98/99

Ayuntamiento de Madridejos

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Enrique, el corredor de fincas urbanas y rústicas, del que se sabía su condición de homosexual no estaba satisfecho de su relación mercantil, absolutamente irregular, con los de “Zagala”, que le apretaban sin escrúpulos en todas las transacciones, sobre todo en rústica, hizo amistad, si se podía definir así a la relación de perdedor que mantenía con los profesionales del sector, con alguien que llegaría a altas cimas políticas y empresariales, al gangsterismo, si hablamos con propiedad, en ocasión de un negocio de compra-venta de una de las grandes naves de Demetrio, siempre reacio a vender, al considerarlo merma de patrimonio. 

Recordaba haberle visto años atrás contando remolques de remolacha en los grandes solares que rodeaban “Zagala”, con una libreta y lapicero despuntado, saltando entre los enganches; también ejercía de vigilante, ya que algunos empleados y también pordioseros que llegaban al aparcamiento, llenaban sacos medianos del fruto del terreno y desaparecían entre las naves que circundaban el perímetro. A primera vista parecía que las cosas le iban bien, encorbatado de buena mañana, conducía un ‘Seat’ 1.500 de color azul oscuro que parecía comprado nuevo por matrícula. Le había propuesto una plaza de colaborador con posibilidad de hacerle agente, si las cosas marchaban debidamente, él rechazó la oportunidad que se le ofrecía, pero algo vino a sacar de aquellas reuniones en la pequeña oficina del chaval de la remolacha, que había mutado en agente inmobiliario, a punto de obtener la licencia oficial para ejercer la profesión. 

Enrique conocía lo extraoficial, todo aquello que por su condición sexual le resultaba seguro, y que correspondía a ocultismo y a negocios oscuros, lícitos por supuesto, pero absolutamente opacos ante la Hacienda Pública, más exigente en los últimos años; él solía decir que lo de los impuestos era cosa de la democracia y que iban a parar directamente a los negocios de los políticos y sus amigos, los dueños de grandes empresas; no era conocedor el hombre de que su apreciación negativa resultaría acertada en los años por venir, y como era consciente de lo que decía, por leído e ilustrado, bien que a su manera, decidió convertirse en un inmobiliario de primera clase en la sombra, que conocía por su desclasamiento social. Era un asocial contra su voluntad, le consolaba saber que ya no eran considerados antisociales y escuchaba a sus congéneres, en sus viajes a Madrid de tapadillo y dando siempre explicaciones, que ya se estaban creando asociaciones que servirían para defender sus derechos, como bien decía la Constitución del año 1978, que defendía dogmáticamente la igualdad y la no discriminación. 

A partir de la decisión tomada, en la penumbra de su vivienda, casi podría considerarse como un cuchitril, dedicó su empeño en hacer tratos con las buenas gentes, a las que demostraría su probidad con actos de confianza que parecerían pródigos a los ojos de los demás. Uno de los primeros clientes en quienes pensó fue en los propietarios de la ‘Grandalla’, conocedor como era de su calidad humana, empañada por actuaciones del hijo varón, buena persona, pero un perfecto disoluto, sumergido en el alcohol y pagano de las rameras que se beneficiaban sus amigotes de conveniencia, con el dinero que tanto esfuerzo suponía para sus padres. 

Enrique supo captar las similitudes entre ambos: bondad infinita y prodigalidad extremada, ambas características eran complementarias, pero solo en una primera impresión, ya que aquellos dos desclasados adoraban el dinero; en el caso de Enrique sujeto a una avaricia patológica, muchos creían que era lo más cercano a un moderno Diógenes, pero cargado de dinero; podríamos decir que vivía en una tinaja como el filósofo Diógenes el Cínico, pero cuyas paredes eran de oro. 

Ambos utilizaban el dinero y las propiedades, (en caso del Enrique), como moneda de cambio, nunca mejor dicho, para ser aceptados socialmente, para disfrutar de pertenencia al grupo o comunidad, en definitiva, para dejar de ser desclasados, misión casi imposible, como podremos comprobar con los años, al tratarse de una sociedad desconfiada y pacata, atrasada social y económicamente, llena de tabúes que castraban la comunicación, reduciéndola al mero ámbito familiar. En ese escenario pagar las putas y consumiciones a los amigos y la representación, aquello que el espejo te devolvía, bien que falsamente, era acogimiento, amistad y, lo más importante que era la participación, que llevaba a equívocos que conllevan frustración. 

Iniciaba Enrique un camino de éxito empresarial, totalmente ilegal, por el incumplimiento de todas las leyes fiscales que le pusieron por delante; alguien dijo, cuando conoció al fulano, que era un hombre de cuerda y acertó de pleno, por desgracia para todos los que apreciaban al joven emprendedor, haciendo abstracción de su condición sexual. Comenzaba Enrique una especie de monopoly, de compra y venta de casas, cocheras, majuelos, naves y cualquier bien inmueble susceptible de ser vendido o comprado, todo ello adornado de un trato exquisito hacia sus clientes; hablaremos de ello, porque además de comprarle a la viejita sus dos cocheras, por un precio muy ventajoso, la recogía en la estación del tren a su vuelta de Madrid, y le acompañaba cogido del bracete de la dignísima vieja; aquél brazo de apoyo con el que llegaría hasta su portal, le había costado a la buena mujer muchísimos miles de pesetas y si se torcían las cosas, hasta un buen disgusto. 

Esas dos cocheras seguirían en poder de la señora, o lo que es lo mismo, las escrituras de las plazas de garaje quedaban en el cajón del dormitorio de la vieja, que seguiría pagando los impuestos o tributos que gravaban su propiedad, a pesar de que las había vendido a Enrique; claro que era ese mismo Enrique quien la acompañaba desde la ‘Renfe’ hasta su vivienda, no fuese que la violara un romano, quería decir rumano, de aquellos que traficaban con droga junto a las vías del tren. Y este era el sistema del tipo bueno, otros dirían del mariconazo este. 

Al haber elegido bien a los clientes-víctima: persona de clase media; con patrimonio justito, que no vendría obligada a pagar tributos por sus cocheras; piso o solar mediano; o el monto sería mínimo, honrada a carta cabal; a quien no se le ocurría quedarse con las plazas de garaje, o con la nave de marras, próxima a “Zagala”. Si aparecía un comprador, solo tendría que invitar a la vieja a un chocolate con churros y, paseando con ella, acercarse a la notaría a que firmara la venta. – Enrique, majo, dirás dónde tengo que firmar lo de las cocheras. – No se preocupe, decía el notario, cómplice de toda la corrupción que comenzaba a generarse en nuestro país, está todo solucionado, firme aquí y aquí; lo que no decía el notario, a quien la vieja conocía de toda la vida, es que, en un par de semanas, le llegaría la factura correspondiente, que pagaba religiosamente sin saber en qué precio se le habían encaramado ya las dos cocheras. 

El patrimonio de Enrique y el de algunos de sus clientes se encontraba repartido por toda la provincia; ello colocaba al hombre en el altar de los benefactores; todos aquellos amigos que eran depositarios de bienes raíces, consideraban a Enrique un sujeto especial y merecedor de toda confianza, aunque algunos se rumiaban que ocurriría si le pillaba el tren al ir a recoger a una de aquellas viejas. Si tenían las escrituras, los bienes serían de ellos legalmente, ¿no? 

Claro que era un pequeño lío lo de los IBI y demás tributos municipales o regionales, pero era pecata minuta si se comparaba con el buen trato que recibían del pillastre aquél, con cara de buenazo. 

Quiteria falleció a los 94 años, la noticia sorprendió mucho al clan de “Zagala”, ya que se recibió después del funeral y consiguiente entierro de aquella buena mujer, a quien la vida le deparó la desgracia de vivir amancebada, sin por ello perder su dignidad. Era castellana, pobre y hermosa, su destino estaba predeterminado, sin duda alguna; Castilla La Mancha, que no había vivido la Edad Media, se topaba de bruces con usos y costumbres del medievo, en mitad del siglo XX. Cierto que el Señor, en su infinita misericordia, le había regalado, además de una longevidad importante, una muerte dulce en los brazos de su querida hermana Rosario, igual que ocurriría un año después a unos cien kilómetros de distancia, en “Zagala”. La hermana llamó por conferencia a su sobrino mayor y le dijo estas palabras: “Tu madre está en el Cielo” y colgó el teléfono, ¡oiga, oiga, Quintanilla! se escuchaba de fondo a la telefonista. 

Demetrio y Rita se reunieron con Tomasillo y Teofila y con Edelmira; tiempo después, la pequeña diría que Demetrio les había convocado para despedirse de ellos; añadió Edel que, siendo Rita lo mejor que le había concedido la vida y a quien correspondía ahora cuidar de los hijos, él consideraba que su lugar estaba junto a su querida madre, y quería ir con ella; a Edelmira no le cabía ninguna duda sobre ello, quizás porque también lo deseaba en su fuero interno.