miércoles, 14 de septiembre de 2016

Pequeña historia de Nuestro Padre Jesús del Perdón con imágenes

 jesúsdelperdón.com


Este recorrido por la historia de la Hermandad y más concretamente de la Ermita de la Vera Cruz, tiene su comienzo en una noche de Julio de 1936 en que, a causa de la contienda, recién iniciada en nuestro país, un grupo de personas incontroladas y presas del odio y fanatismo que engendra toda guerra, arremetieron contra el patrimonio eclesial en nuestro pueblo y prendieron fuego a un inmenso tesoro artístico que se encontraba guardado para el uso, disfrute y contemplación de todos los manzanareños, en los templos de la localidad, entre ellos nuestra Ermita.



No quedó nada, todo se perdió, incluyendo la imagen de nuestro Patrono y la vida de su santero, Francisco Olivares Galiana, propuesto desde hace tiempo para su beatificación como mártir en defensa de la fe católica.

Pasó el tiempo y terminó la guerra (in) civil. Era el año 1940 y todo eran problemas, empezando por el hambre y la miseria, las familias deshechas, las represalias, el miedo… La posguerra, los años del hambre, porque en esos tres años no se había sembrado ni se había cosechado y los almacenes estaban vacíos. Cartillas de racionamiento, estraperlo, Auxilio Social, pobreza, enfermedades, epidemias.

Para un pueblo, lo principal es su identidad y, Jesús del Perdón es para Manzanares su carnet de identidad. El Párroco, don Dimas López González-Calero, en una de sus homilías en los Paseos del Río (junto al árbol gordo), donde estaba instalado el retablo antiguo, que se salvó de la quema, propuso que se empezaran las gestiones para tener pronto una nueva imagen, lo más parecida posible a la quemada, de Nuestro Padre Jesús del Perdón.


Después de consultas y reuniones por parte de la Hermandad con los vecinos de Manzanares, don Manuel González de Jonte, se puso en contacto con el arquitecto Pedro Muguruza Otaño, que a su vez contactó con el escultor Quintín de Torre Berástegui, que pidió a la Junta de Gobierno unas fotografías de la imagen destruida y les facilitó un presupuesto inicial de VEINTICINCO A TREINTA MIL PESETAS en tres plazos que, tras arduas negociaciones, quedó en CATORCE MIL PESETAS, recogiendo la imagen en Bilbao.

La Hermandad solicitó la ayuda de todos los manzanareños y, tras recorrer el pueblo pidiendo, organizar funciones de teatro, rifas, otros espectáculos, etc., se consiguieron las CINCO MIL PESETAS para el primer plazo y, a partir de ahí se siguió trabajando para conseguir el dinero del segundo, recaudando algo más.

Pasó un año y no había noticias, solo excusas e inconvenientes para cumplir los plazos por parte del escultor. Tras insistir, se supo que aún no había empezado la obra por inconvenientes con la madera. Prometió tener la imagen terminada para 1942.



Continuaba el compás de espera. Mientras, seguían trabajando y pidiendo a todo el mundo, para conseguir las últimas CINCO MIL PESETAS y las obras de la Ermita avanzaban. En abril de 1942 se recibió la comunicación de que la imagen estaba terminada a falta de policromar, pidiendo color exacto de la túnica. Al fin, el 20 de agosto de 1942, Quintín de Torre, pide que se desplacen a Bilbao representantes de la Hermandad, para ver la forma de liquidación de la cuenta y envío de la escultura. El día 23, León Maeso, Manuel Ramón Rodríguez, Pedro López Peláez, Cristóbal López de la Manzanara, Felipe Ballesteros y Antonio Fernández de Simón, se desplazaron a Bilbao. Renfe les gestionó un vagón de mercancías hasta Manzanares.

El taller del imaginero estaba en el barrio de Iralabarri, a las afueras de la capital vasca. Cuando vieron la imagen quedaron impresionados por su corpulencia y magnitudes, aunque en principio le recriminaron que había exagerado la dureza del gesto, lo cierto es que no estaban muy convencidos y así se puede comprobar por sus gestos en la foto que perpetúa aquel momento.


La expedición con la nueva imagen de nuestro Patrono, llegó a las cuatro de una tormentosa tarde, el 29 de agosto de 1942. A las nueve, tras la bendición por parte de don Dimas, se inició la multitudinaria procesión, por las calles de un pueblo alborozado por tener de nuevo la bendita imagen de Nuestro Padre Jesús del Perdón. Cuentan las crónicas que, a las doce de la noche, llegó la imagen al Altar instalado en la Plaza, y a altas horas de la madrugada quedó depositada en la Ermita de San Antón, pero al día siguiente hubieron de sacarla nuevamente en procesión porque fueron muchísimos los manzanareños que se habían quedado sin poder verla.


El 14 de Septiembre de 1946, a las doce y media de la mañana, fue bendecida la reconstrucción de la Ermita de la Vera Cruz, por el Obispo de nuestra Diócesis, Don Emeterio Echevarría Barrena y, esa noche, tras la procesión, quedó depositada, definitivamente, la imagen de nuestro Patrono en su “casa” que, por fin, con la ayuda de los manzanareños, había sido terminada.


La antigua imagen de Nuestro Padre Jesús del Perdón, fue costeada por Catalina Martínez en 1608, saliendo por primera vez en procesión el 16 de Abril de 1609 “con grande admiración y alegría de todos los manzanareños”. Era un estilo de la escuela sevillana de Martínez Montañés.

Quintín de Torre Berástegui, el escultor desconocido

Poco o nada se ha dicho de este importante escultor, del cual los manzanareños solo conocemos que fue el autor de la más venerada y querida imagen de Manzanares, la de Nuestro Padre Jesús del Perdón, cuando en realidad se trata de un importante y reconocido escultor vasco de finales del siglo XIX y principios del XX.

Don Quintín de Torre Berástegui nació en Bilbao en 1877 y falleció el 15 de Octubre de 1966. Era hijo de Tirso Torre y Basozabal, pintor, amigo de Fortuny y de Madrazo.

Quintín experimentó precozmente su inclinación por el dibujo, estudiando en la Escuela de Artes y Oficios Atxuri, y se aficionó a la escultura en el modesto taller imaginero de Serafín Basterra. Pensionado por la Diputación de Vizcaya y el Ayuntamiento de Bilbao, estudió en Barcelona y más tarde en París, frecuentando el taller de Francisco Durrio y reforzando su amistad con el pintor Aurelio Arteta. También fue amigo de Picasso.


Viajó incansablemente por Francia, Alemania, Italia, Austria, Bélgica, Inglaterra y Suiza, recibió las influencias de Meunier, Rodín, Bourdelle, Mestrovic, que transformaban el academicismo reinante en una aproximación a las inquietudes sociales de la época, a la que unió la de los imagineros vallisoletanos con los que tomó contacto al visitar la ciudad castellana. Es de ese momento de donde arrancan sus bustos policromados, sus cabezas de santos y vírgenes, etc., resucitando el arte imaginero clásico español del siglo de Oro, con ese “Realismo, expresividad y modelado vigoroso”, según Bernardino de Pantorba.

Su producción artística en general, está atravesada por los rasgos del carácter vasco, que imprimen a sus obras un espíritu seco, fuerte, vigoroso, dotado de una obstinada y fuerte voluntad.

Quintín de Torre llevó una vida de trabajo infatigable, realizó retratos de encargo, temas costumbristas y populares, panteones, pasos de Semana Santa, etc.

A los 18 años expuso su obra el “Héroe de los Mares”. En 1899, presentó en la exposición de Bellas Artes de Madrid, la escultura “¡Hor Datoz!”. En París dio a conocer su admirable grupo titulado “¿Por Qué?”, el cual, constituyó la revelación verdaderamente genial de un temperamento de primer orden, siendo premiada en el Salón de París de 1903.

Algunas de sus obras: “El timonel”; “Cargador de Bilbao”; “Dolorosa” y “Cabeza de San Juan”; “Monumento al poeta Ramón Basterra” (inaugurado en 1935); “Niña Pasiega”; “La Lanzada” y “La oración del huerto”, “Las tres cruces” y “El descendimiento”, realizada en 1942, en plena madurez; “Jesús en su tercera caída”, de 1947, para la Cofradía del mismo nombre, de Zamora, inspirada en una escena del mismo tema, pintada en una tabla que alberga el retablo del Santo Cristo de la S.I. Catedral, de dicha ciudad.


Hay obras suyas en el Museo de Bellas Artes de Bilbao y otros sitios, como el monumento a Aureliano Valle, cerca del parque de la Villa; el busto que le hizo a este músico y que guarda la Sociedad Coral; el Sagrado Corazón de Jesús, que se puede ver en el Ayuntamiento. Otro lugar donde hay una obra de gran valor, es en el cementerio de Bilbao, en Derio, con panteones como los de las familias Maiz y Ulacio, que son extraordinarios. También en el Palacio-Museo de Espinosa de los Monteros (Burgos), dedicado a él, entre otros.

Quintín formó parte de una generación de grandes artistas vascos como Basterra, Larrea, Moisés Huerta, Iturrio y Nemesio Mogrobejo, siendo el escultor más sobresaliente que tuvo Bilbao en los primeros cuarenta años del siglo pasado.

En 1911, en su estudio de Bilbao, se creó la “Asociación Artistas Vascos”, de la que fue presidente en varias ocasiones, y en la que estaban Aureliano Arteta, los Arrúe, Ortiz de Urbina, los Zubiaurre, Maeztu, Echevarria, Guezala, Guinca, Regoyos, Martiarena, Uganga, Rochelt (pintores), Durrio, Dueñas y él (escultores), Guridi e Imasi (músicos), Sobrevila, Amasagasti, Guimón, Escondrillas y Zuazo (arquitectos), y Basterra, Roda y Meave (escritores).

Como introductor de las exposiciones, contaba con Don Miguel de Unamuno.