domingo, 22 de abril de 2018

La Saga de La Encomienda por Martín L Fernández-Armesto (001)

Primera Parte 

1

Ayuntamiento de Quintanar de la Orden en la plaza del Generalísimo

Empezaba a romper el día y aumentó esa sensación de frío que Demetrio venía en quejarse ya desde hacía rato, la camioneta subía renqueante por la cuesta del Yugo, con las luces apagadas, pero sin salirse del camino estrecho en cuya linde se encontraría con Justino, el otro matarife, que le llevaba una docena de años, por lo menos; Demetrio era nuevo en esto y cada pocos minutos preguntaba al compañero si era cierto que morían como de repente, sin sufrimiento. Justino hacía rato que no respondía, solo fumaba, cigarrillos liados, uno tras otro, ya se incorporaba cuando la camioneta apareció en la curva con su cargamento de muerte.

¡Justino! ahí viene mucha gente, ¿qué haremos?, mucha gente es mucho dinero, respondió desabrido, no le gustaba el nuevo, y se dirigió al saco de arpillera de donde sacó las pistolas, eran dos ‘Astra’ de 1919, del calibre 7,65, relucientes como nuevas, y es que Justino cuidaba mucho el material, incluso tenía permiso de don Anselmo para guardar las armas en su casa. El conductor de la camioneta frenó a la vera de ellos dos, saltó de la cabina y les pidió ayuda para bajar a aquellos desgraciados, eran seis y ninguno de Quintanilla, eso alivió a Demetrio, que escondía las manos en los bolsillos para que no vieran que le temblaban, a sus 28 años era de estatura media pero recio y con brazos fuertes.

En aquellos rostros se reflejaba el miedo y también la desesperación, los hombres conocían su destino, venían a cara descubierta y con las manos atadas a la espalda con cuerdas sucias, quizás embreadas. Uno de ellos tropezó y dio en tierra raspando la cara en el pedregal de la linde; Justo se adelantó y lo levantó a empujones, una vez erguido le disparó en la cabeza, y Demetrio sufrió un sobresalto por el estampido, pero lo que le hizo reaccionar fue el grito del conductor, le llamaban ‘el Negro’ por su tez cetrina, ¡Justo! te lo tengo dicho: nunca hasta que me vaya, matar es trabajo vuestro, pienso decírselo a don Anselmo, eres un hijo de perra que disfruta con esto, yo lo hago por dinero.

Demetrio temblaba de la cabeza a los pies, le habían enseñado a disparar con una del calibre 22, y el ruido de la Astra retumbaba en sus grandes orejas, más que visibles por su incipiente alopecia. Sin enterarse, ya tenía a Justino empujando a los cinco hacia el interior del arado de cebada, escuchó que le gritaba algo y acudió rápido, Justino le entregó la otra pistola y le recordó: si tiras a la cabeza no sufren, pero hazlo muy de cerca o repetirás el tiro, al mismo tiempo le señalaba a dos de aquellos desgraciados, uno frisaba la cincuentena y llevaba gafas, vestía chaqueta cruzada de grandes solapas, repeinado y con mirada somnolienta, de haber pasado la noche en vela, le pareció maestro de escuela, asustado por los estampidos de Justo, tres, uno por cada víctima; erró el primer disparo arrancando una oreja de aquel pobre hombre, que cayó a tierra, allí Demetrio lo remató.

El otro más joven, de rodillas en tierra, trataba de contener el miedo cuando el balazo de Demetrio, enloquecido, los ojos a ras de llanto y medio sordo, le destrozó el parietal derecho. Al volverse dio de bruces con Justino, éste trató de consolarle diciendo, con gesto risueño, que al ser la primera vez uno llegaba a cagarse, cambió el gesto y con risotada señaló a las víctimas y le confesó: esos se han cagado todos, no te acerques y vámonos. 

Era el otoño de 1940; entonces no se cavaban fosas, se lo dejaban a los del cementerio que recogerían a aquellos desgraciados, avisados por viejos pastores, que oían los disparos varios días de cada mes. Más adelante, los propios matarifes eran quienes cavaban las fosas en las lindes o cunetas donde procedían a las ejecuciones, y Demetrio con Justino a su espalda se dirigió a la casa, que compartía con su hermano menor, éste desconocía la nueva actividad de su hermano, emprendedor y siempre a la búsqueda de un duro que les permitiera ahorrar lo suficiente para abandonar aquel pueblo, del que se decía había sido de rancio abolengo, de hecho Quintanilla había pertenecido a la Orden de Santiago y era del Común de la Mancha.