domingo, 17 de octubre de 2021

"La Saga de La Encomienda" - La Mancha - MLFA 2015 - (03/04)

MLFA

Iglesia de La Asunción de Manzanares (Ciudad Real)

Demetrio permaneció en vela, seguro de que Tomasillo dormía profundamente, bebió un vaso de leche y salió hacia las tres; el dinero, pensó, estaba a buen recaudo, rezó un padrenuestro por el camino y se subió el cuello de la camisa de franela, empezaba a refrescar. Cuando llegó al lugar se encontró solo, al poco divisó una luz que oscilaba, era Justino en su vieja bicicleta, en la parrilla el saco con las pistolas, no habían vuelto a hacer instrucción, Justino decía que no se podían desperdiciar balas, que lo había dicho don Anselmo. Dejó la bicicleta apoyada en un fresno pequeño y sacó algo de almorzar, a Demetrio le pareció tocino negro, pero el compinche no hizo ademán de invitación.

Eran pasadas las seis, todavía oscuro, cuando escucharon el traqueteo de la vieja camioneta, junto al ‘negro’ venía un falangista conocido del pueblo que se mantuvo aparte, mientras bajaban a aquellos cuatro pobres desgraciados, dos de ellos traían la cara tapada, Demetrio dedujo que serían vecinos del pueblo; no se equivocaba, uno de ellos había sido alcalde, nunca llegó a saberlo, Justino no le abría su confianza.

Esta vez el trabajo fue limpio, cuatro disparos y uno de remate, precisamente al pobre alcalde republicano. El falangista se acercó a los matarifes, Demetrio escondió las manos en los bolsillos del pantalón a toda prisa y sintió necesidad de orinar, lo hizo junto a la bicicleta de Justino, mientras el de falange prevenía a Justino de una saca de dos docenas de hombres de la comarca, cambió el gesto adusto y con un rictus que quería ser complaciente, le dijo que había dinero, mucho dinero, pero que era necesario contar con fosas bien trabajadas para evitar el escarbe de alimañas.

Demetrio estaba bien dispuesto, pero necesitaba una vida social, siquiera poder invitar a salir de paseo a Rita, ésta, un poco más joven que él, se veía alojada en la soltería y no es que fuera torva o contrahecha, de estatura media, rostro inexpresivo, a veces huraño, su cuerpo era muy completo de hechuras, aunque no bien curvado. Cuando se veían, en la plaza, se hablaban poco, siempre de lo mal que se vivía y ocultando Demetrio que era poseedor de una pequeña fortuna, lo cierto es que Rita le serenaba el alma y podía olvidar, aunque brevemente, sus atrocidades que, curiosamente, no le impedían dormir, tampoco ser galante con Rita, incluso soñador, la madre de la muchacha, sabedora de su origen bastardo, no veía con buenos ojos al pretendiente, pero, como aseguró a su Antonio: nuestra Rita va a cumplir los 25 y no veo otra solución para ella que el bastardo de don Anselmo.

Era sábado cuando Demetrio recibió la noticia de la llegada de una docena de desgraciados; las fosas, habían excavado dos, eso sí, muy hondas, para poner obstáculos a las alimañas del campo, no fueran a desmochar las tumbas, como las llamaba Demetrio, y tras ingerir el vaso de leche que, indefectiblemente, vomitaría horas después, marchó al lugar donde había sido citado, iba pensando en comprar una bicicleta, pero contando con el permiso de su madre, andando tardaba más y facilitaba que le viera algún pastor madrugador.

Llegó al sitio al tiempo que la camioneta, Justino, nervioso por su tardanza, la lió a empujones con él, haciendo visible su pistola engrasada; en cuestión de minutos la cordada estaba formada, además de maniatados, iban sujetos por una larga cuerda, a fin de evitar que alguno decidiera despavorido salir huyendo y gritando por aquella cañada. Esta vez Demetrio sentía miedo, eran demasiados hombres, bien amarrados y el Negro se había quedado para ayudar a tapar la gran fosa negra, a unos metros de donde se encontraban, pero él sentía frío y miedo, a pesar del sudor de la caminata, pensó en el dinero y en Tomasillo, no quería sentir a Rita en medio de aquél infierno a punto de estallar en ruido y humo, el olor a sudor agrio empezaba a ser insoportable y las nubes, cada vez más bajas, no presagiaban nada bueno.

Demetrio sufrió un fuerte empujón propinado por Justino que le apremiaba con blasfemias y perdió el equilibrio, empezaba a llover y casi arrodillado recibió la pistola que le ofrecía, tomándola por el caño, la grasa se escurría por los goterones de lluvia y temió que se le escapara de entre los dedos.

El aspecto del lugar era dantesco, todo iluminado por los focos de la camioneta del Negro, uno de ellos se apagaba a ratos y el conductor aquel lo encendía golpeando el culo del foco. Repuesto del susto, saltó sobre aquella masa humana, acorralada, algunos llantos eran de histeria, superado ya el grado de rabia, pero se mantenían dignos. Vació el cargador de siete balas en las cabezas de tres de aquellos pobres hombres y no supo qué hacer.

Fue el Negro quien se percató de la situación, habló con Justino que había muerto a cinco hombres y permanecía absorto al descubrir a una mujer vestida de gañán, que le miraba desafiante; contó siete cartuchos con parsimonia, aprovechando que remitía el chaparrón y se los entregó al Negro que acudió en ayuda de Demetrio, al tiempo que aquel canalla obligaba a la mujer a girarse de espaldas y la mataba de un disparo en la nuca. Pronto rompería el amanecer, aunque el cielo seguía negro, en claro desacuerdo con aquella matanza sin sentido, con aquel horror impropio de bestias, pero cuyos protagonistas eran seres humanos. Demetrio mató a otros dos de aquellos desgraciados, mientras el Negro vomitaba de forma convulsiva, gritando – me ahogo, Demetrio, me ahogo – éste vomitó sobre una de las víctimas y fue Justino quien remató aquella faena, ocupándose del último, cuyas gafas colgaban rotas de una de sus orejas.

Eran ellos los responsables de las fosas, y el faro roto ya no funcionaba por más golpes en la carcasa. Miraban al cielo, expectantes ante la claridad que ya perfilaba los picos que rodeaban la cañada.

Al llegar a casa escuchó ruido en la cocina, Tomasillo preparaba pan con cebolla y tomate mientras calentaba algo parecido a café, eran unas hebras marrones que le daba el panadero, por compasión al muchacho, que recién habían trasladado de la Inclusa, y no se acostumbraba al trajín del pueblo, además de sufrir el aislamiento social por su condición de hijo natural, algo que no le afectaba ya que era introvertido y disfrutaba escuchando a su hermano historias de bandidos, que, decía Demetrio, hay ocasiones en que les hemos de matar, porque vendrían al pueblo a quemar la Iglesia o robar niños. Tomasillo se sentía orgulloso de Demetrio y se sentía bien tratado, y su hermano le escuchaba con atención cuando hablaba de la vida en el orfanato, aunque no se decidiera a contarle las cosas que le hacían dos frailes mercedarios, aunque no era solo a él, a todos les había pasado, siempre callaban por miedo a las palizas, y a un cobertizo lleno de ratas en la trasera de las cuadras. Tomasillo pasó en Aranjuez quince años, aprendió a leer y escribir, poco más, las cuentas no se le daban bien.

Demetrio le abrazaba de forma diferente a como lo hacían los frailes y la señora Quiteria también, y olía a jabón caro que le quedaba pegado a la nariz un buen rato. El Demetrio estaba raro aquella mañana y muy sucio, no quería el pan bien untado que le había puesto delante, al final, apartó la cebolla y mordisqueó el pan. No era un buen momento para hablar sobre su madre, tantos estampidos habían mellado su cerebro y una sensación de miedo y pavor invadían su mente. Demetrio si que era muy bueno con las cuentas y retenía la suma de dinero en la cabeza, haciendo planes para el futuro, que no podrían ser en Quintanilla, se acercaba la primavera de 1941 y Justino decía que pronto dejarían aquel trabajo, ambos trataban de engañarse.

Desde Navidad habían dado el paseo a siete hombres y dos mujeres, ya mayores, que habían escondido y alimentado rojos durante más de un año, mataban de uno en uno, pero siempre iban los dos juntos, don Anselmo sospechaba que Justino se dejaba sobornar por alguno de los señalados o sus parientes.

En Quintanilla existía la temida brigada del amanecer; se trataba de un grupo de vecinos, que se intercambiaban, según ordenaba don Anselmo o alguno de sus asociados de relieve social bajo, que, a la manera de las milicias republicanas tras el alzamiento, señalaban a todo aquel que identificaban como potencial enemigo, y que, antes del amanecer, eran cargados en la camioneta del ‘Negro’ para ser trasladados al lugar de ejecución.