lunes, 8 de octubre de 2018

¿A dónde se cree que va la derecha? sin discurso, por Carlos Elordi


Aznar ha agotado su discurso. Aparte de su actitud cada vez más bronca, de perdonavidas, nunca expresa una idea nueva, repite casi con las mismas palabras lo que decía hace 15 o 20 años. Empieza a estar claro que la derecha anda un tanto perdida. Que no tiene una sola idea nueva, ninguna bala en la recámara. PP y Ciudadanos caminan al paso de las noticias, reaccionan a las mismas con mensajes totalmente previsibles y ni el tono cada vez más ultra de su discurso tiene un contenido mínimamente sólido. Así no van a mejorar en los sondeos y la batalla por el predominio en el campo de la derecha es tan insensata y primitiva que puede terminar aupando cada vez más al PSOE. 

El desembarco de José María Aznar en la dirección máxima del PP empieza a ser la evidencia de los enormes límites políticos que tiene ese partido. Pablo Casado está cada vez más desdibujado, es cada vez más la sombra de su líder y ya solo repite lo que éste ha dicho unos días antes. Lo de que la crisis catalana devuelve a España a la situación de los años 30 es la prueba patética de su incapacidad de decir algo distinto. 

Pero es que también Aznar ha agotado su discurso. Aparte de su actitud cada vez más bronca, de perdonavidas, nunca expresa una idea nueva, repite casi con las mismas palabras lo que decía hace 15 o 20 años. Que lo que aquí hace falta es mano dura, con los independentistas o con quien haga falta. No ha avanzado un ápice, cree que lo que él hizo cuando gobernaba sigue siendo una guía para la acción política. Olvidando, y pretendiendo que se olvide, que dejó al PP hecho unos zorros y como si en ese tiempo no hubiera ocurrido nada en la política española. 

Debe también creerse que sigue siendo un líder carismático. Y para nada eso es verdad. Primero porque nunca lo fue, ni siquiera en sus mejores momentos, al menos para una amplia mayoría de los españoles. Y, segundo, porque desde que dejó el poder, de la manera tan poco gloriosa que todo el mundo conoce, su figura no ha hecho sino cargarse de atributos negativos. Su interminable defensa de la teoría de la conspiración en los atentados de Atocha confirmó ante los ojos de la opinión pública que era un mentiroso sin redaños. Su guerra para tumbar a Rajoy evidenció que no era un tipo del nadie podía fiarse. Su larga y millonaria andanza por el mundo de las comisiones y las informaciones privilegiadas lo convirtió en alguien que no podía volver a la política. 

Pero un PP al borde del desastre le ha dado una nueva oportunidad. Porque ya no tenía palo alguno al que agarrarse y Aznar podía, al menos, compactar lo que quedaba del partido, lo más antiguo del mismo. Que un personaje tan deteriorado sea visto como la salvación del PP es el mejor indicador de la gravedad de su crisis. Que Casado se entregue en sus manos y le rinda pleitesía cada vez que se ve en público con él confirma, por si hacía falta, la poca chicha política del nuevo presidente. 

Éstas han sido las principales actividades públicas de Casado esta semana: se ha reunido con las asociaciones de víctimas de ETA, se ha acercado a la cúpula de la Iglesia católica para asegurarle que defiende la enseñanza de la religión en la escuela, ha proclamado que “hay que poner orden en Cataluña” y ha insistido en que hay que ilegalizar partidos independentistas. Y por último ha hecho una nueva defensa de la monarquía. 

De tan vistas y vueltas a ver en el pasado, todas y cada una de esas iniciativas suenan casi a ridículas. ¿Cree de verdad la dirección del PP que con esas propuestas va a alguna parte que no sea la de recuperar algunos votos que se han ido a Ciudadanos y puede que estos no sean muchos? 

Porque es muy posible que Albert Rivera se lleve la palma en una competición por la imagen con José María Aznar, que es lo que terminará produciéndose al final de esa pelea. El líder de Ciudadanos batió claramente a Rajoy. Y lo más probable es que terminará haciendo lo mismo con su sucesor. Casado cuenta poco en esta pugna, a menos que un día se rebele contra su suerte de segundón, lo cual no parece muy probable. 

Lo malo para los intereses de su partido es que Rivera se ha ido demasiado a la derecha, casi hasta entrar en la ultraderecha, para arrumbar al PP. Y que como no cambie pronto de discurso, y el tiempo se le está acortando demasiado para ello, se va a ver incapaz de competir con el PSOE por el espacio en el que, como siempre, se va a decidir la suerte de las futuras elecciones, sobre todo de las generales. Un espacio que se suele denominar “de centro”, pero que el realidad es el de la gente que no quiere líos, que pide moderación y, que, al menos por ahora, no está por soluciones de ultraderecha. 

Es cierto que en España sigue habiendo millones de personas, y no pocos de ellos son jóvenes, que no sólo no han roto con los mensajes del franquismo, sino que creen que por ahí hay que buscar las soluciones a los problemas actuales. Pero son una minoría, como lo han sido desde la muerte del dictador, cuando el partido de Fraga, y de Rajoy y de Aznar, tuvo que morder el polvo de la derrota que le infligieron los transformistas de Adolfo Suárez. Con un discurso neo-franquista, de mano dura con los separatistas o con quien haga falta, la derecha seguirá sin poder ganar elecciones. El PP tuvo que decir que era de centro para poder batir por los pelos a Felipe González. 

Basta leer la letra pequeña del último barómetro del CIS para concluir que una mayoría bastante amplia de españoles y españolas – cuyo 8M no les acercó precisamente al PP o a Ciudadanos - no está por aventuras radicales. De izquierdas o de derechas. Lo que ha pasado en Italia, en Francia o en Alemania no vale mucho en España. Porque en esos países, y en otros de Europa, los sentimientos de rechazo a los inmigrantes, base de los éxitos electorales de la ultraderecha llevaban mucho tiempo alimentándose y respondían y responden a situaciones y dinámicas que aquí no se dan, si no es en dimensiones mucho más reducidas. 

¿Puede la crisis catalana ser la palanca de una movilización radical como la que la inmigración ha provocado por toda Europa? Todo indica que no, por mucho rechazo que provoque el independentismo en amplios estratos de la población, seguramente en la mayoría de la misma. Porque también muchos españoles quieren que ese conflicto se calme en la medida de lo posible y porque ni el PSOE ni Podemos van a dar argumentos sólidos para provocar esa movilización.