jueves, 19 de julio de 2018

La Saga de La Encomienda por Martín L Fernández-Armesto (027)

Ayuntamiento de Bolaños de Calatrava

Precisamente, esa gran dicotomía entre la promoción del turismo allende fronteras y el rechazo hacia su idiosincrasia, provocó uno de los grandes males de esa nueva industria, cual fue el mal trato, o cuando menos el trato indebido e incorrecto que se proporcionó a una gran parte del contingente turístico, que fue víctima de la picaresca española; muchos, entre los que se encontraba Demetrio y su troupe, entrevieron en aquellas gentes víctimas propiciatorias a las que se podía esquilmar, los párrocos se encargaban de prevenir a los feligreses de los grandes males que aquella invasión foránea podía acarrear a nuestra cultura y civilización cristianas.

Estafar, pues, a esos infieles, era algo permitido, cuando no aconsejado; en la parroquia de La Encomienda, a muchas leguas de las playas del Sur y de Levante, el sacerdote que oficiaba de cura-párroco levantaba la voz hasta el alarido previniendo a sus feligreses de los males que venían aparejados a aquella invasión turística, quizás esa fuera la razón de que Demetrio y su familia no aparecieran por la parroquia, ellos eran quienes alimentaban a aquellos desalmados que venían a nuestras costas a desnudarse y practicar la fornicación más encendida, según les aseguraba a sus feligreses el cura-párroco de la Encomienda en la iglesia y en la plaza. Era una pérdida de tiempo, muy pocos vecinos visitarían aquellas playas del pecado en los años por venir.

La autarquía y el aislamiento de la década de los ‘40’ provocaron una disminución de la renta, ésta era menor que en los años previos a la contienda; es a principios de los años ‘50’ cuando se atisba una recuperación económica; que, a los efectos del proyecto hostelero de Demetrio, resultará muy provechosa. El éxodo rural generalizado, con el autobús ganando la batalla del transporte de pasajeros al ferrocarril, a pesar de los intentos del Gobierno por promocionar a este último, mejorando estaciones y trenes; y la renovación del parque automovilístico español, fueron los dos factores que coadyuvaron de forma decisiva al éxito de “Zagala” y al resto de inversiones de esta familia en La Encomienda.

El plan de Ordenación del Transporte programado por el régimen, por el cual se trataba de convertir el transporte de pasajeros en autobús como un simple complemento del servicio de pasajeros ferroviario, estaba condenado al fracaso; y los empresarios del sector invirtieron en nuevos y flamantes autobuses que surcaban las maltrechas carreteras españolas de norte a sur y de oeste a este.

A principios de los ‘60’ el hostal “Zagala” era conocido en toda la región y por viajeros norteños que se desplazaban a las costas andaluzas; también por turistas, mayormente franceses y belgas, toda vez que alemanes e ingleses, así como los nórdicos, se mostraban reticentes ante una España atrasada, de costumbres oscurantistas, bajo la mano férrea de un dictador que a ellos, ciudadanos de democracias consolidadas, les resultaba imprevisible, años más tarde estos alemanes, suecos, daneses e ingleses coparon la Costa del Sol, Baleares y Canarias. 

“Zagala” disponía de habitaciones y amplios comedores, una gran cafetería, también extensos aparcamientos para coches y camiones, y zonas ajardinadas para celebración de banquetes: bodas, bautizos y comuniones, según la época del año, y la necesidad de personal externo era creciente; es ahí, en los primeros años ‘60’, cuando comienza a dar sus beneficios la explotación laboral que caracterizaría al complejo hostelero naciente. Bajo la férula de un paternalismo vacuo y falaz, Demetrio y sus hijos, la mayor de las hembras, Isidra, y el mayor de los varones, Diego, ambos casados, sin grandes alharacas en las respectivas ceremonias, diríamos que con la austeridad exigida por el patriarca; explotaban a muchachos de la Encomienda que ejercían labores de camareros de barra y comedor, sin dejar de atender a la venta de productos de la región, principalmente vinos y quesos, y de toda la mercadería propia de la carretera, productos típicos que los viajeros nacionales y foráneos adquirían sin fijación alguna en los precios, que eran realmente desproporcionados para la escasa o nula calidad de los mismos.

Para las tareas de limpieza contaron con muchachas de origen humilde de las aldeas cercanas que eran recogidas en una camioneta por el marido de Isidra, la hija mayor, de buena mañana, y devueltas a sus casas bien entrada la noche, con el magro peculio, que no salario, del día y algo de comida para su familia.