MLFA
Hasta hace poco tiempo la expresión protocolo tenía un significado de formalidad, aplicable al "vestir" y al comportamiento exigible socialmente; todos recordamos aquella norma no escrita pero de aplicación y exigencia, como lo de la corbata para acceder a un restaurante de postín, o a una reunión empresarial, y al comportamiento y vestimenta de personajes de la política y de la realeza. Hoy ha cambiado el significado: ¡Usted es un idiota sin criterio y yo le digo cómo debe actuar en cada actividad!
El protocolo deviene en nuevas Tablas de Moisés: ¡Fulmina el criterio, la interacción y hasta la empatía!
Todo es impostado; la relación de la empleada poniendo "ojitos" al cliente, con dos sonrisas y trato afable impostado que, normalmente, se interpreta como Atención al Cliente; si bien el citado -que parece un idiota agradecido, pero no lo es- se despide enfurruñado al captar la dicotomía gestual que supone constatar que la sonrisa, falsamente empática, no se corresponde con el delator gesto ocular y pestañeo que nos está diciendo: ¡Anda y vete al carajo! o el tan manido ¡Que te den! Ella cumple con "el protocolo de actuación" impuesto por la empresa, que prohíbe taxativamente ser empático -nuevo palabro que se asemeja más a "antipático" que a "simpático". Todo resulta ser impostado, ese empleado/empleada de nueva generación se muestra solícito durante años con el cliente y le niega el saludo si se cruza con él en la calle: ¿Por qué tengo que mostrar afabilidad con este tío al que solo conozco de la tienda, o del banco, o de la oficina del desempleo? Y se dice a sí mismo/misma: ¡Yo cumplo el protocolo!
Lampedusa: ¡Que todo cambie para que nada cambie! Se trata de mantener intacta la vieja estructura social.
Hablo de mantener la estructura social pero el protocolo es algo más; ¡se trata de mantener intacto el Poder!
Médicos, abogados y maestros; los 3 colectivos más relevantes de una sociedad civilizada, ordenada y democrática, hacen dejación de su función de escucha, interés y acompañamiento de los pacientes, clientes y alumnos.
En el primer estamento, el sanitario, el médico no muestra ningún interés por el entorno socio-económico, afectivo y familiar del paciente, en la mayoría de casos no le mira a los ojos, fijos los suyos en la pantalla del ordenador; y no le interesa la propia gestualidad del enfermo, su mirada que reclama apoyo, su mente que sufre y su cuerpo que pide ayuda; actúan conforme a protocolos y pasan por alto todo tipo de señales que, en la mayoría de casos, resultan ser más importantes que la narración de síntomas de parte del propio paciente, azorado y confuso las más de las veces, cuando no intimidado por la frialdad del galeno y el gesto explícito de finalizar la consulta cuanto antes... ¡no preguntan, ni palpan, ni tan siquiera escuchan! el protocolo resulta implacable, y el desinterés del médico es patente, a salvo excepciones, obviamente, (nunca generalizamos, aunque lo parezca).
Respecto de los abogados; se trata de una especie difícil de encuadrar en una sociedad moderna; personalmente, acabaría con esa profesión y prepararía mediadores profesionales, además de potenciar la fiscalía convirtiéndola en bicéfala, es decir, ejerciendo la doble función de defensa y acusación, y mantendría la figura del procurador, a fin de garantizar la eficiencia de la oficina judicial. Los abogados solo se mueven por intereses espurios, el principal de ellos es el dinero; hacen de la mentira su "tótem", para ellos mentir es legítimo, algo que no podemos admitir los ciudadanos socialmente "sanos"; tratan al cliente con displicencia -a veces con desprecio- y no interaccionan con el defendido, a quien consideran, las más de las veces, alguien despreciable por el que no sienten la más mínima empatía; si exceptuamos a sus clientes "grandes delincuentes" o personas muy adineradas, ante quienes inclinan la cerviz llegando a confraternizar incluso a nivel lúdico y familiar. Los médicos no conocen la somatización, y, de conocerla, les importa una mierda; abordan la enfermedad sin saber que viene producida por un problema familiar grave o por simple tristeza y desamparo, o porque el paciente está en el "paro" -algo que rima con "desamparo", o algo peor- y la empatía no es una opción para estos profesionales (en mis tiempos llamábamos profesionales a las putas); fueron médicos madrileños y sus representantes quienes consintieron que La Loca de Chaillot dejara morir a los viejos -como ella los denomina- por miles, en sus residencias, sin tan siquiera administrarles paliativos, ahogándose en agonía cruel. "Pongamos que hablo de Madrid", del Sabina, que anda por ahí haciendo "bolos" para pagarse un buen funeral, como todos los de su época.
La consigna de médicos y abogados: ¡No mantener relación alguna con los pacientes y con los clientes! tal que si fueras cliente de Mercadona, y la cajera tamborilea con sus dedos sobre la caja, medio enfadada porque "tardas en sacar" los 200 y pico euros del monedero, exhibiendo sonrisa impostada. O la médico que para "echarte" de la consulta, levanta su culo de la silla y te ofrece la mano, sonriente, para que te vayas de una puta vez. Vuelvo al titular: ¡Todo es superlativo! y en el caso de los abogados: ¡Toma el dinero y corre!
Lo de los abogados de oficio sin beneficio y lo de los maestros en chanclas y tejanos lo dejo para otro día, sigo muy dolorido cuatro días después del accidente; rememorando al Ábalos ese que decía estar cansado... ¡De tanto follar, digo yo!
Gracias a los "protocolos" esta gente se lava las manos y queda "justificada".
(Hoy en día están en cuestión los "protocolos de actuación" de RENFE)
(Sin relación social sana, sin muestra alguna de empatía, les queda la parienta en casa y los hijos "tocacojones"... y cuatro lustros después... el divorcio)
