MLFA
Se comprende el gesto de mi compañero de pupitre en La Salle, y ex presidente del Senado, al comprobar que lo habían sentado junto a Felipe. ¡Putada!
Aunque sea a bordo de un lujoso yate: "las vidas son los ríos que van a parar a la mar, allá van a se fenecer y a se morir", y, aunque la libreta de ahorro juvenil que le abrió el difunto Sarasola haya engordado ad infinitum, Caronte no admite equipaje en su barca y en el Hades no hay taquillas donde guardar las riquezas terrenales. Uno termina comprendiendo la amargura que refleja el rostro de Felipe González 'apollado' al bastón repujado en plata moruna; el tipo morirá igual que yo, y, con algo de suerte, lo hará antes que yo. Despreciado por sus antiguos fans; menudo carrerón que diría aquél, con panegírico de Wikipedia y media sonrisa de la señora de los huevos fritos con patatas en tiempo de penurias (no había aparecido en escena el Sarasola, que, al morir joven, nunca fue llamado a declarar por el juez Garzón).
Juan Roig y su sobrasada Amancio Ortega y sus pespuntes chinos y Felipe y sus americanitos huelen a muerte























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